—Vamos, Yégof, con tus gritos vas a despertar a todo el mundo.

—¡Me la niegas!... ¡Es la tercera vez! ¡Guárdate, Hullin, guárdate!

Juan Claudio, convencido de que no podía hacerle entrar en razón, se alejó apresuradamente; pero el loco, poseído de violenta cólera, descargó sobre sus espaldas estas extrañas palabras:

—¡Huldrix! ¡Desdichado de ti! Tu última hora se acerca; tu cuerpo servirá de pasto a los lobos. Todo se ha acabado; desataré los rayos de mi ira, y no habrá para ti ni para los tuyos ni gracia, ni piedad, ni merced. Tú lo has querido.

Y cruzándose el hombro izquierdo con un trozo de sus andrajos, el desgraciado se alejó rápidamente hacia la cumbre del Donon.

Varios hombres de la partida, que se despertaron al ruido de los gritos, vieron al loco de un modo confuso cuando se perdía en las tinieblas. También oyeron un rumor de alas alrededor de la hoguera; después, sin darles más importancia que a las imágenes del sueño, se volvieron del otro lado y otra vez se durmieron.

Cerca de una hora más tarde, la cuerna de Lagarmitte tocaba diana. En pocos momentos, todo el mundo se puso de pie.

Los jefes de los destacamentos reunían a sus soldados; unos se dirigían al cobertizo, donde se distribuían los cartuchos; otros llenaban las calabazas de aguardiente en el barril; todo se hacía con orden, con el jefe al frente; luego cada pelotón se alejaba, a la débil claridad del amanecer, hacia los parapetos, por ambos lados de la ladera.

Cuando salió el Sol, la meseta se hallaba desierta y, a excepción de cinco o seis hogueras que continuaban humeando, nada revelaba que numerosos guerrilleros ocupaban los puntos estratégicos de la sierra, ni que habían pasado la noche en aquel sitio.

Hullin, sin sentarse, tomó un bocado y se bebió un vaso de vino en unión del doctor Lorquin y del anabaptista Pelsly.