—¡Te vanaglorias de tu triunfo! Bien; pero ten cuidado, ten mucho cuidado: la sangre pide sangre.
Luego, en tono más tranquilo, prosiguió:
—Oye, Hullin; no te quiero mal; eres valiente; los descendientes de tu raza pueden mezclarse con los de la mía; deseo una alianza contigo, tú lo sabes...
—¡Vamos!—pensó Juan Claudio—; otra vez me va a hablar de Luisa...
Y como previese una petición en regla, dijo:
—Yégof, lo siento mucho; pero me veo obligado a dejarte; ¡tengo tantas cosas que ver!...
El loco no esperó el fin de aquella despedida, y levantándose, con el rostro demudado por la cólera, exclamó, alzando la mano solemnemente:
—¡No me concedes tu hija!
—Ya hablaremos de eso más tarde.
—¡Me la niegas!