—¡Salud, Yégof! ¡Vienes sin duda a prestarnos el socorro de tu brazo invencible y de tus innumerables ejércitos!

El loco, sin revelar la menor sorpresa, respondió:

—Eso depende de ti, Hullin; tu suerte y la de toda esta gente pende de tus manos. He detenido mi cólera y dejo que tú pronuncies la sentencia.

—¿Qué sentencia?—preguntó Juan Claudio.

El loco, sin contestar, prosiguió en voz baja y solemne:

—Henos los dos aquí, como hace mil seiscientos años, en vísperas de una gran batalla. En aquella ocasión, yo, jefe de tantos pueblos, fui a tu clan para pedirte que me franquearas el paso...

—¡Hace mil seiscientos años!—dijo Hullin—; ¡demonio, Yégof, resulta que somos viejísimos! De todos modos, no importa; cada cual cree lo que le parece.

—Sí—añadió el loco—; pero, con tu obstinación de costumbre, no quisiste oír nada; hubo muchos muertos en el Blutfeld, y esos muertos claman venganza.

—¡Ah! ¡El Blutfeld!—dijo Juan Claudio—; sí, sí, una historia antigua; me parece haber oído hablar de eso.

Yégof se puso rojo, los ojos se le encendieron, y exclamó: