—Catalina—exclamó Juan Claudio conmovido—, por bien que la conozca, siempre encuentro algo nuevo y admirable en usted. Nada le pesa; ni el dinero, ni el trabajo, ni los sacrificios.
—¡Bah!—respondió la labradora levantándose y saltando del carro—; usted me confunde, Hullin. Voy a calentarme.
Catalina entregó las riendas de los caballos a Dubourg, y luego, volviéndose, dijo:
—La cosa no tiene importancia, Juan Claudio; ¡y qué agradable es ver la hoguera aquí y allá! Pero... ¿y Luisa? ¿Dónde está?
—Luisa ha pasado la noche cortando y cosiendo vendas con las dos hijas de Pelsly. Está en la ambulancia; vea usted, allá abajo, donde brilla aquella luz.
—¡Pobre hija mía!—dijo Catalina—; voy a ayudarle, y así entraré en calor.
Hullin, cuando vio que se alejaba, hizo un gesto como diciendo: «¡Qué mujer!»
Al mismo tiempo, Divès y sus hombres transportaban la pólvora al cobertizo, y en el momento que Juan Claudio se acercaba a la hoguera más próxima ¡cuál no sería su sorpresa al ver, entre los hombres de la partida, al loco Yégof con la corona a la cabeza, sentado gravemente en una piedra, con los pies cerca del fuego y cubierto con sus andrajos como si fuese un manto real!
Nada más extraño que tal figura vista a la luz de la hoguera. Yégof era, de toda la tropa que allí había, el único que se hallaba despierto; se le hubiera, en verdad, tomado por algún rey bárbaro que soñaba en medio de su horda adormecida.
Hullin, por su parte, no vio en él mas que un loco, y poniéndole suavemente la mano en el hombro le dijo irónicamente: