—¡Bien! ¡Bien!
—Sí, amigo mío. Y Catalina Lefèvre, por su parte, trae víveres; ayer ha hecho matanza...
—Está bien, Marcos; tendremos necesidad de todo eso. La batalla se acerca.
—Sí, sí; ya lo sospechaba; hemos venido a paso de carga. ¿Dónde hay que meter la pólvora?
—Allá en el cobertizo, detrás de la granja. ¿Eh? ¿Es usted, Catalina?
—Sí, Juan Claudio; ¡qué frío hace esta mañana!
—Usted es siempre la misma; nunca le teme a nada.
—Si no fuese curiosa, ¿no dejaría de ser mujer?; tengo que meter las narices en todo.
—Sí, sí; usted siempre encuentra una excusa para cualquier bien que hace.
—Hullin, es usted muy machacón; déjeme usted tranquila y no me alabe más. ¿Acaso estos hombres no tienen necesidad de comer? ¿Acaso pueden mantenerse del aire? ¡Con lo que alimenta el vientecillo que se deja sentir y con el frío que hace!: corta la piel como una navaja. Así es que he tenido que preparar algo: ayer matamos un buey—el pobre Schwartz, usted sabe—que pesaba más de novecientos kilos; traigo aquí el cuarto trasero para la comida de esta mañana.