En seguida Juan Claudio se levantó y salió con Kasper.
La meseta ofrecía un extraño aspecto.
Al acercarse el día, comenzaban a subir del valle masas de bruma; las hogueras chisporroteaban por efecto de la humedad, y por doquiera se veían hombres que dormían; unos, tendidos boca arriba, con las manos cruzadas detrás del sombrero, con la cara roja y las piernas dobladas; otros, con la mejilla apoyada en el brazo y el lomo vuelto hacia el fuego; la mayoría, sentados, con la cabeza inclinada y el fusil a la espalda. Todo se hallaba en silencio, envuelto en una onda de luz rojiza o de tonos grises, según que las llamas bajaban o subían. Más separados, en la lejanía, se dibujaban las siluetas de los centinelas, con el fusil al brazo o con la culata junto a los pies, que miraban al abismo cubierto de nubes.
A la derecha, a cincuenta pasos de la última hoguera, se oía a los caballos relinchar y a los hombres golpear el suelo con los pies para entrar en calor mientras hablaban en voz alta.
—El señor Juan Claudio llega—dijo Kasper, adelantándose por aquel lado.
Uno de los hombres de la partida arrojó al fuego un brazado de ramillas secas; se formó una alta llama y aparecieron los jinetes de Marcos Divès a caballo: doce hombres corpulentos, envueltos en grandes capas grises, con el sombrero caído sobre los hombros, los espesos bigotes retorcidos o lacios y largos hasta el cuello, el sable en la diestra, inmóviles alrededor del volquete; más allá, Catalina Lefèvre, acurrucada junto a la barandilla de su carro, con una capucha metida hasta la nariz, los pies enterrados en paja y la espalda apoyada en un gran barril; detrás de Catalina se amontonaban una olla, unas parrillas, un cerdo abierto en canal, limpio, blanco y sonrosado, varias gavillas de cebollas y algunas coles para hacer la sopa: todo aquello salió un momento de la obscuridad y volvió a quedar en la sombra.
Divès se había separado del convoy y avanzaba, cabalgando sobre un hermoso caballo.
—¿Eres tú, Juan Claudio?
—Sí, Marcos, yo soy.
—Allí tengo preparados varios miles de cartuchos. Hexe-Baizel trabaja noche y día.