El estrecho pasillo obscuro, alumbrado solamente por una linterna grasienta, estaba lleno de nieve, y a cada instante se veía pasar, bajo la luz inmóvil, a los jefes de destacamento, con el sombrero metido hasta las orejas, las anchas mangas de sus hopalandas extendidas hasta la mano, la mirada dura y las barbas cubiertas de hielo.

Plutón ya no refunfuñaba al oír las recias pisadas de aquellos hombres. Hullin, muy pensativo, con la cabeza entre las manos y los codos apoyados en la mesa, escuchaba cuantas noticias le transmitían.

—Señor Juan Claudio, se nota gran movimiento hacia Grand-Fontaine; se oye galopar.

—Señor Juan Claudio, el aguardiente se ha helado.

—Señor Juan Claudio, varios me han pedido pólvora.

—Falta esto... y lo otro.

—Que se vigile Grand-Fontaine y que se cambien los centinelas de ese lado cada media hora. Que se ponga el aguardiente junto al fuego. Esperad que llegue Divès, que trae municiones; que se distribuyan los cartuchos sobrantes y que todo el que tenga más de veinte entregue el resto a sus compañeros.

Y así durante toda la noche.

Cerca de las cinco de la mañana, Kasper, el hijo de Materne, fue a decir a Hullin que Marcos Divès con un volquete lleno de cartuchos, Catalina Lefèvre en un carro y un destacamento de Labarbe acababan de llegar al mismo tiempo y que se hallaban en la meseta.

Tal noticia causó a Hullin una viva alegría, sobre todo por lo que se refiere a los cartuchos, pues temía que llegasen tarde.