—¡Bah! ¿Y eso qué significa?—dijo Hullin—. En mi tiempo hemos aniquilado tres ejércitos de cincuenta mil, de la misma raza que éstos, en seis meses. Todo lo que ves ahí no nos hubiera bastado para merendar. Y además, tranquilízate, no tenemos necesidad de matarlos a todos; ya los verás correr como conejos. No sería la primera vez.
Después de haber hecho estas juiciosas reflexiones, Juan Claudio quiso ir a ver cómo se hallaba la gente.
—¡Vamos!—dijo al pastor.
Ambos comenzaron a caminar por detrás de los parapetos, siguiendo una trinchera, abierta en la nieve dos días antes. La nieve, endurecida por la helada, se había convertido en hielo. Los árboles, tumbados delante y completamente cubiertos de granizo muy denso, formaban una barrera infranqueable, que alcanzaba una anchura de cerca de seiscientos metros. El camino cortado pasaba por debajo.
Al acercarse, Juan Claudio vio a los montañeses del Dagsberg acurrucados en unos a modo de pozos redondos que, a distancia de veinte pasos unos de otros, habían hecho.
Aquellos animosos hombres se hallaban sentados en las mochilas, con la cantimplora a la derecha, el sombrero o las gorras de piel de zorro metidos hasta las orejas y el fusil entre las piernas. No tenían mas que levantarse para ver el camino a cincuenta pasos por debajo de ellos, al extremo de una rampa suave.
La llegada de Hullin causó una satisfacción general.
—¡Eh, señor Juan Claudio!, ¿cuándo vamos a empezar?
—Pronto, hijos míos, no tengáis prisa; antes de una hora habrá comenzado la partida.
—¡Ah! ¡Tanto mejor!