—Sí, pero sobre todo, apuntad bien, a la altura del pecho, sin apresuramiento y sin descubrir el cuerpo más de lo que sea preciso.
—Esté usted tranquilo, señor Juan Claudio—le contestaban.
Hullin se alejaba luego en otra dirección; por todas partes se le recibía con igual entusiasmo.
—No se olviden—decía a todos—de parar el fuego en cuanto oigan la cuerna de Lagarmitte; pues, de lo contrario, se gastaría inútilmente la pólvora.
Cuando llegaron donde se encontraba Materne, que mandaba un pelotón de hombres, cuyo número ascendía a cerca de doscientos cincuenta, Hullin halló al cazador en disposición de fumarse una pipa, con la nariz roja como un ascua y la barba erizada por el frío, como piel de jabalí.
—¡Eh! ¿Eres tú, Juan Claudio?
—Sí, vengo a estrechar tu mano.
—Con mucho gusto; pero oye: el enemigo no se da prisa en venir; ¿irán a pasar por otra parte?
—No tengas cuidado; necesitan apoderarse de la carretera para transportar la artillería y los bagajes. ¿Ves? Ya han tocado a botasilla.
—Sí, lo he visto; parece que se preparan.