La señora Lefèvre, viendo aquel cuadro de dolor, pensaba en Gaspar. Hullin, que acababa de llegar con Lagarmitte, gritaba alegremente:

—¡Bien, amigos míos! ¡Ya habéis entrado en fuego! ¡Mil demonios! ¡Esto marcha! Los alemanes no estarán muy orgullosos de la jornada.

Luego besó a Luisa y corrió a ver a la señora Lefèvre.

—¿Está usted satisfecha, Catalina? ¡No van mal nuestros asuntos! Pero ¿qué le sucede? ¿Usted no se alegra?

—Sí, Juan Claudio, todo va bien..., estoy contenta; pero mire usted al camino: ¡qué matanza!

—Es la guerra—respondió gravemente Hullin.

—¿Y no habría medio de ir abajo a recoger a ese chico..., que nos mira con sus hermosos ojos azules, ¡Qué lástima me da de él!..., o a ese otro moreno que se venda la pierna con un pañuelo?

—Imposible, Catalina, lo siento mucho; habría necesidad de hacer una escalera en el hielo para bajar, y los alemanes, que van a volver dentro de una o dos horas, la utilizarían para el asalto. Vámonos. Hay que comunicar el triunfo a todas las aldeas: a Labarde, a Jerónimo, a Piorette. ¡Eh! ¡Simón, Niklo, Marchal, venid! Vais ahora mismo a llevar la gran noticia a los compañeros. ¡Materne, mucho cuidado! Al menor movimiento no dejes de avisarme.

Se acercaron todos a la casa, y Juan Claudio, al pasar, vio la tropa de reserva, y a Marcos Divès montado a caballo en medio de sus hombres. El contrabandista se quejaba amargamente de permanecer con los brazos cruzados. Se consideraba como deshonrado por no haber hecho nada.

—¡Bah!—le dijo Hullin—, ¡tanto mejor! Además, tú guardas nuestra derecha. Mira, allá, aquella meseta: si nos atacan por ese lado, puedes marchar.