Divès no contestó nada; su rostro tenía una expresión triste e indignada a la vez, y los contrabandistas que le acompañaban, envueltos en sus capas, con sus largos espadones colgando por encima de ellas, no parecían tampoco de muy buen humor; diríase que proyectaban una venganza.
Hullin, convencido de que no podía consolarles, entró en la alquería. El doctor Lorquin se disponía a extraer la bala de la herida de Baumgarten, el cual daba terribles gritos.
Pelsly, en el portal de la casa, temblaba de pies a cabeza. Juan Claudio le pidió papel y tinta para transmitir las órdenes a las demás posiciones de la sierra; y era tan grande la turbación del pobre anabaptista, que a duras penas pudo dárselos. No obstante, consiguió hacerlo, y los peatones se marcharon muy orgullosos de haber recibido el encargo de comunicar la primera batalla y la victoria.
En la sala grande se habían reunido muchos montañeses que se calentaban cerca del hogar y hablaban con animación. Daniel Spitz había sufrido ya la amputación de dos dedos y se hallaba sentado detrás de la estufa, con la mano envuelta en unos trapos blancos.
Los hombres que se habían apostado, desde antes del amanecer, detrás de los parapetos, como no habían comido, tomaban un bocado y bebían un poco de vino, mientras gritaban, gesticulaban y enaltecían a boca llena sus acciones. Luego salían, iban a echar una ojeada a la trinchera, volvían a calentarse, y todo el mundo, al recordar a Riffi, sus alaridos cuando se le iba el caballo y sus gritos de angustia, se reía hasta desternillarse.
Eran las once. Aquellas idas y venidas duraron hasta mediodía, momento en que Marcos Divès penetró rápidamente en la sala gritando:
—¡Hullin! ¿Dónde está Hullin?
—Aquí estoy.
—¡Pronto, ven!
La voz del contrabandista tenía un acento extraño; hacía un momento, aunque irritado por no haber intervenido en el combate, parecía más bien triunfante. Juan Claudio le siguió lleno de inquietud, y la sala quedó vacía en un momento, pues todo el mundo se dio cuenta, por la animada expresión de Marcos, que se trataba de un asunto grave.