—¡Vamos! ¡Vamos!... ¡Más de prisa! ¡A ese paso no llegaréis nunca!

Hullin temblaba de ira, haciendo responsable de la situación al contrabandista.

Mientras tanto, Marcos Divès había rodeado el barranco, en lo que empleó una media hora, y comenzaba a divisar las dos compañías alemanas situadas, en posición de descanso, a cien pasos detrás de los cañones que hacían fuego sobre las trincheras. Entonces, el contrabandista se acercó a los de a pie y, conteniendo la voz, les dijo, al mismo tiempo que los cañonazos percutían uno tras otro en la garganta y que se oían, a lo lejos, los clamores del asalto:

—¡Compañeros! ¡Vais a arremeter contra la infantería a la bayoneta! Nosotros nos encargamos de los demás. ¿Estamos?

—Sí, estamos.

—Pues ¡en marcha!

La tropa avanzó en buen orden hasta la orilla del bosque, con Piercy de Soldatenthal a la cabeza. Casi al mismo tiempo se oyó el ¿verdá?[6] de un centinela; luego dos tiros, un grito estentóreo de «¡Viva Francia!» y el ruido sordo de una multitud de pasos que se precipitaban al mismo tiempo; los valientes montañeses cayeron sobre el enemigo como una manada de lobos.

Divès, de pie en los estribos, con la cabeza levantada y los bigotes de punta, los miraba sonriendo, y decía:

—¡Esto va bien!

La refriega era terrible; el suelo se estremecía. Los alemanes, lo mismo que los franceses, no hacían fuego; el ataque se verificaba en silencio; un choque de bayonetas, un ruido de culatazos interrumpidos de vez en cuando por algún tiro suelto, gritos de ira, recias pisadas y voces indistintas: no se oía nada más.