Los contrabandistas, con la cabeza erguida y el sable en la mano, se regodeaban pensando en la matanza próxima y aguardaban la orden de su jefe con impaciencia.
—Ahora nos toca a nosotros—dijo por último Marcos—. ¡Los cañones son nuestros!
Y de la parte más intrincada de la espesura, con las amplias capas abiertas como alas, el cuerpo inclinado hacia adelante y las espaldas en alto, los contrabandistas partieron.
—No dar tajos, sino estocadas—dijo Marcos.
Y no hubo más.
Los doce buitres llegaron a los cañones en un segundo. Formaban parte del pequeño escuadrón cuatro antiguos dragones españoles y dos aguerridos coraceros de la guardia que se habían unido a Marcos en busca de aventuras. Ya puede imaginarse lo que estos hombres hicieron. Los golpes dados con las palancas, las escobillas y los sables, únicas armas de que disponían los artilleros, llovían a su alrededor como una granizada; pero eran parados de firme, y cada estocada devuelta hacía rodar a un hombre.
Marcos Divès recibió a quemarropa dos pistoletazos, uno de los cuales le cubrió de humo la mejilla izquierda y el otro le arrebató el sombrero; pero al mismo tiempo, el contrabandista, encorvándose sobre la silla y alargando el brazo, atravesó al corpulento oficial de los bigotes rubios y le clavó a uno de los cañones. Después, se puso derecho, y mirando alrededor, con las cejas fruncidas y en tono sentencioso, dijo:
—Ya están todos despachados; los cañones son nuestros.
Para abarcar el conjunto de tal escena hay que imaginarse la refriega que tenía lugar en la meseta de las Mineras; los aullidos, los relinchos de los caballos, los gritos de ira, la huída de unos, arrojando las armas para correr más de prisa, el encarnizamiento de otros; más allá del barranco, las escalas, cubiertas de uniformes blancos y erizadas de bayonetas; los montañeses, situados en la rampa, defendiéndose desesperadamente; las vertientes de la ladera, el camino y, sobre todo, la parte baja de los parapetos, cubiertos de muertos y heridos; el tropel de enemigos, con el fusil al hombro, los oficiales en medio de ellos, apresurándose por seguir el movimiento; por último, Materne, de pie en la cima del talud, con la carabina en alto, cogida por el cañón, la boca abierta hasta las orejas, llamando a voz en grito a su hijo Frantz, que llegaba con el pelotón, precedido del señor Juan Claudio, para ayudar a la defensa. Hay que imaginarse también el ruido de la multitud de disparos que se hacían, de las descargas, ya cerradas, ya sucesivas, y, sobre todo, los gritos lejanos, vagos, terribles, interrumpidos por prolongados lamentos, que iban a morir en los ecos de los montes. Todo aquello concentrado en un solo instante y en una sola mirada: tal era el cuadro que debemos tener ante los ojos.
Pero Divès no era hombre que se entregara a la contemplación, y no perdió tiempo en hacer reflexiones poéticas sobre el tumulto y el encarnizamiento de la batalla. Bastole una mirada para hacerse cargo de la situación, y arrojándose del caballo, se dirigió al cañón más próximo, que se hallaba cargado; cogió las palancas de ajuste para cambiar la dirección, apuntó al pie de las escalas y, aplicando una mecha encendida que encontró por allí, hizo fuego.