Un momento después se oyeron, en la lejanía, clamores extraños, y el contrabandista, mirando a través del humo, vio una brecha sangrienta en las filas del enemigo. Agitó entonces los brazos en señal de triunfo, y los montañeses, encaramados en los parapetos, le respondieron con un hurra general.
—¡Vamos! ¡Pie a tierra!—dijo Divès a sus hombres—; no hay que dormirse. ¡Aquí un cartucho! ¡Una bala! ¡Ahora, estopa! Nosotros somos los que vamos a limpiar el camino. ¡Cuidado!
Los contrabandistas se colocaron en posición, y el fuego continuó contra los uniformes blancos con entusiasmo. Las balas atravesaban de una punta a otra las filas enemigas. A la décima descarga, hubo un clamor general de «¡Sálvese quien pueda!»
—¡Fuego!, ¡fuego!—gritaba Marcos.
Y los defensores de las trincheras, apoyados finalmente por la tropa de Frantz y dirigidos por Hullin, volvieron a tomar las posiciones que habían por un momento perdido.
Al cabo de unos segundos no se vieron en la ladera mas que fugitivos, muertos y heridos. Eran las cuatro de la tarde; la noche se acercaba. La última bala cayó en la calle de Grand-Fontaine y, rebotando en la esquina del abrevadero, derribó la chimenea de El Buey Rojo.
Cerca de seiscientos hombres perecieron aquel día. No fueron pocos los montañeses muertos; pero los kaiserlicks fueron muchos más. Y sin el cañoneo de Divès todo se hubiera perdido, porque los defensores eran menos de uno contra diez, y el enemigo comenzaba a hacerse dueño de la trinchera.
XVI
Los alemanes, amontonados en Grand-Fontaine, huían en bandadas hacia Framont, unos a pie, otros a caballo, aligerando el paso, arrastrando pesados cajones, arrojando las mochilas y mirando para atrás, como si temieran que los franceses les fueran a los alcances.
En Grand-Fontaine, todo lo destruían por venganza, forzaban puertas y ventanas, maltrataban a las gentes, exigían comidas y bebidas sin dilación y perseguían a las muchachas hasta los graneros. Los gritos, las imprecaciones, las órdenes de los jefes, las lamentaciones de los aldeanos, el rumor sordo, continuo, de pasos que se elevaba del puente de Framont, el relinchar penetrante de los caballos heridos, todo aquello subía como un zumbido confuso hasta los parapetos.