La voz del cazador, que era sorda al principio, ahora temblaba, y quedamente añadió:

—¡Nos hallamos otra vez los tres reunidos!

Y el cazador, del que no podía decirse que era nada cariñoso, besó a sus hijos con frenesí, lo cual sorprendió a éstos sobremanera. Mas al oír un ruido que se escapaba del pecho de su padre, algo así como sollozos interiores, ambos jóvenes se quedaron atónitos y no pudieron dejar de pensar: «¡Cómo nos quiere! ¡Nunca hubiéramos creído esto!»

Frantz y Kasper se sintieron también conmovidos hasta las entrañas.

Pero en seguida, el anciano, dominando su emoción, exclamó:

—¡Está bien, hijos míos! ¡La jornada ha sido dura! ¡Vamos a beber un trago, porque tengo sed!

Dirigieron los tres una última mirada hacia el talud sombrío, y viendo los centinelas que de treinta en treinta pasos acababa de poner Hullin al pasar, se encaminaron juntos hacia la vieja alquería.

Iban atravesando la trinchera, llena de muertos, levantando los pies al sentir algún objeto blando, cuando oyeron una voz ahogada que decía:

—¿Eres tú, Materne?

—¡Ah! ¡Pobre amigo Rochart, perdón!—respondió el cazador inclinándose—; ¡te he tocado! Pero ¿cómo? ¿Estás todavía aquí?