—Sí... No puedo andar..., porque me faltan las piernas.
Permanecieron los tres silenciosos, y el leñador añadió luego:
—Dile a mi mujer que detrás del armario, en una media, hay cinco escudos de seis libras; los había reservado... por si caíamos enfermos uno u otro... Pero yo no necesito nada ya.
—¡Ya veremos, ya veremos!... No hay que perder la esperanza de salvarse, amigo mío. Ahora vamos a trasladarte.
—No, no merece la pena; no duraré más de una hora; ya habrá ocasión de que me lleven.
Materne, sin responder, hizo una seña a Kasper para que cruzara la carabina a modo de angarilla con la suya, y a Frantz le indicó que colocara encima al leñador, a pesar de sus lamentos, lo cual quedó hecho en un instante, y de este modo llegaron juntos a la casa.
Todos los heridos que durante el combate se habían sentido con fuerzas para llegar a la ambulancia se encontraban allí. El doctor Lorquin y su colega Despois, que llegó en el transcurso de la acción, tuvieron que trabajar de firme, y no hay que creer que la tarea se había acabado.
Cuando Materne, sus hijos y Rochart atravesaban el obscuro pasillo alumbrado por la luz de una linterna, oyeron a la izquierda un grito que les heló la sangre en las venas, y el leñador, medio muerto, exclamó:
—¿Por qué me traéis aquí? No quiero, no... No consentiré que me hagan nada.
—Abre la puerta, Frantz—dijo Materne con la frente cubierta de un sudor frío—; ¡abre pronto!