Frantz empujó la puerta, y vieron en una gran mesa de cocina, en medio de la sala baja, cuyo techo era de anchas vigas obscuras, rodeado de seis velas de sebo, al joven Colard, tendido cuan largo era, dos hombres sujetándole los brazos, y una cubeta debajo. El doctor Lorquin, con las mangas de la camisa dobladas hasta los codos y una sierra corta, de tres dedos de ancha, en la mano, se hallaba ocupado en cortar una pierna al pobre muchacho, mientras que Despois manejaba una gran esponja. La sangre espejeaba en la cubeta; Colard estaba más pálido que la muerte. Catalina Lefèvre, de pie, a su lado, con un paquete de hilas sobre los brazos, parecía serena; pero de tanto apretar los dientes, dos profundas arrugas surcaban sus mejillas, a los lados de su ganchuda nariz. La anciana tenía los ojos fijos en el suelo y no veía nada.

—¡Se ha terminado!—dijo el doctor volviéndose.

Y dirigiendo una mirada hacia los recién llegados, dijo:

—¡Eh! ¿Es usted, señor Rochart?

—Sí, yo soy; pero no quiero que nadie me toque. Prefiero acabar así.

El doctor levantó una vela, le miró e hizo un gesto.

—¡Vamos, amigo mío! ¡Ha perdido usted mucha sangre, y si esperamos un poco será demasiado tarde.

—¡Tanto mejor! ¡Ya he sufrido bastante en mi vida!

—Como usted quiera. Pasemos a otro.

Había una larga fila de jergones en el fondo de la sala; los dos últimos estaban vacíos, y en ellos se veían grandes manchas de sangre. Materne y Kasper colocaron en el más apartado al leñador, mientras que Despois se acercaba a otro herido diciéndole: