—¡Nicolás, ha llegado tu hora!
Entonces Nicolás Cerf se levantó con el rostro pálido y los ojos desencajados de terror.
—Dadle una copa de aguardiente—dijo el doctor.
—No; prefiero fumarme una pipa.
—¿Dónde está tu pipa?
—En el chaleco.
—Bien; aquí la tienes. ¿Y el tabaco?
—En el bolsillo del pantalón.
—Pues cargue usted la pipa, Despois. Este hombre tiene valor; ¡muy bien! Da gusto ver hombres de corazón. Vamos a cortarle el brazo en dos tiempos y tres movimientos.
—¿No sería posible conservarlo, señor Lorquin, para dar de comer a mis hijos? ¡Es lo único que tengo!