—No; el hueso está triturado y no se puede reducir. Encienda usted la pipa, Despois. Ten, Nicolás, fuma, fuma.

El desgraciado comenzó a fumar sin ninguna gana.

—¿Estamos?—preguntó el doctor.

—Sí—respondió Nicolás con voz ahogada.

—Bien. ¡Cuidado, Despois! ¡Lave usted!

El doctor, con un cuchillo grande, hizo rápidamente un corte circular en la carne. Nicolás rechinó los dientes. La sangre saltó. Despois se ocupaba en ligar algo. La sierra rechinó durante dos segundos, y el brazo cayó pesadamente al suelo.

—Esto es lo que se llama una operación bien terminada—dijo Lorquin.

Nicolás había dejado de fumar; la pipa se desprendió de sus labios. David Schlosser, de Walsh, que había sujetado al herido, le soltó. Lorquin envolvió el muñón en unos trapos blancos, y Nicolás, sin ayuda de nadie, fue a acostarse de nuevo al jergón.

—¡Otro que está despachado! Limpie usted bien la mesa, Despois, y pasemos a otro—dijo el doctor mientras se lavaba las manos en una jofaina.

Cada vez que Lorquin decía «Pasemos a otro», los heridos se estremecían de terror, a causa de los gritos que habían oído y de los cuchillos que habían visto relucir; pero ¿qué hacer? Todas las habitaciones de la casa, las trojes, los dos cuartos de arriba, todo se hallaba ocupado. No quedaba libre mas que la sala grande para la gente de la alquería. Era, pues, preciso operar a la vista de aquellos a quienes, más tarde o más temprano, había de llegar el turno.