La anciana prosiguió:

—Yégof, al lado del hogar, con su corona de hojalata y el palo entre las rodillas, pensaba sin duda en algo. Miraba hacia la chimenea grande y negra, hacia la gran campana de piedra, en la que se veían figuras y árboles de talla y el humo subir en espesas nubes hasta donde se hallaban los trozos de tocino. De repente, cuando menos lo esperábamos, el loco dio un golpe con el palo en la losa y exclamó como si soñara:

«¡Sí..., sí..., yo lo he visto... hace mucho tiempo..., mucho tiempo!»

Y al mirarle nosotros, extrañados de sus palabras, añadió:

«En aquel tiempo los bosques de abetos eran bosques de robles... El Nideck, el Dagsberg, el Falkenstein, el Géroldseck, todos los viejos castillos ruinosos aún no existían. En aquel tiempo se cazaban los toros bravos en medio de los bosques, se pescaba el salmón en el Sarre, y vosotros, hombres rubios, enterrados en la nieve durante seis meses del año, vivíais de la leche y del queso, porque teníais grandes rebaños en el Hengst, el Schneeberg, el Grosmann, el Donon. En verano cazabais y trabajabais hasta el Rin, en el Mosela y el Mosa; recuerdo todo eso.»

—Cosa rara, Juan Claudio; a medida que el loco hablaba, me parecía que volvía a ver aquellos países de otro tiempo y recordarlos como si fuesen sueños... Yo había soltado la rueca, y el viejo Duchêne, Robin, Juana, todo el mundo, en fin, escuchaba. «Sí, hace mucho tiempo—añadió el loco—. En aquella época ya construíais vosotros estas grandes chimeneas, y por todo alrededor, a doscientos o trescientos pasos, levantabais estacadas de quince pies de alto con las puntas endurecidas por el fuego. Allí dentro guardabais los enormes perros de hinchados carrillos, que ladraban noche y día.»

Lo que Yégof decía nosotros lo veíamos, Juan Claudio... El loco parecía no fijarse en nosotros y miraba las figuras de la chimenea con la boca abierta; pero, después de un momento, al bajar la cabeza y vernos a todos atentos, comenzó a reír, con risa de loco, gritando: «Y en ese tiempo, vosotros creíais ser los señores del país, ¡oh hombres rubios, de ojos azules y blancas carnes, alimentados de leche y de queso, que no bebíais sangre mas que en otoño, en la época de la caza mayor!; os creíais los dueños del llano y de la montaña, cuando nosotros, los hombres rojos de ojos verdes, que venían del mar...; nosotros, que bebíamos siempre sangre y que sólo amábamos la guerra, llegamos una buena mañana, con nuestras hachas y venablos, remontando la cuenca del Sarre a la sombra de los viejos robles... ¡Ah! Fue aquélla una guerra terrible, que duró semanas y meses... Y la vieja... allí...—dijo señalándome, con sonrisa extraña—; la Margarita del clan de los Kilberix, esa vieja de nariz ganchuda, dentro de las estacadas, en medio de sus perros y de sus guerreros, se defendió como una loba; pero al cabo de cinco lunas vino el hambre..., las puertas de las estacadas se abrieron para huir, y nosotros, emboscados en el arroyo, lo exterminamos todo..., todo..., menos los niños y las jóvenes hermosas. La vieja, sola, con las uñas y los dientes se defendió hasta lo último. Y yo, Luitprand, abrí su cabeza gris y me apoderé de su padre, el anciano entre los ancianos, para encadenarlo a la puerta de mi castillo como un perro.»

—Después, Hullin—añadió la labradora inclinando la cabeza—, después el loco comenzó a cantar una larga canción: las quejas del anciano atado a la puerta. Esperad que la recuerde... Era triste..., triste como un miserere. No puedo acordarme, Juan Claudio, pero me parece oírla todavía, pues nos heló la sangre. Y como Yégof no cesara de reír, la cólera se apoderó a la vez de toda la gente, que lanzó un grito terrible. El viejo Duchêne se arrojó sobre el loco para estrangularlo; pero éste, más fuerte de lo que podía pensarse, lo rechazó, y, alzando el palo con furia, nos dijo: «¡De rodillas, esclavos, de rodillas! Mis ejércitos avanzan... ¿Oís?... La tierra tiembla. Estos castillos, el Nideck, el Haut-Barr, el Dagsberg, el Turkestein, tenéis que reedificarlos... ¡De rodillas!»

Nunca he visto una figura más horrible que la de Yégof en aquel momento; mas al ver que, por segunda vez, la gente iba a arrojarse sobre él, me vi obligada a defenderle.

—Es un loco—les dije—; ¿no os da vergüenza creer en las palabras de un loco?