Por mi mediación, los hombres se detuvieron; pero yo no pude cerrar un ojo en toda la noche. Recordaba a cada momento lo que aquel miserable había dicho. Me parecía oír el canto del viejo, el ladrido de los perros y los ruidos de la batalla. Hacía mucho tiempo que no había experimentado inquietudes semejantes. Ya sabe por qué he venido a verle... ¿Qué piensa usted de todo esto, Hullin?
—¡Yo!—dijo el almadreñero, cuyo rostro colorado y lleno revelaba cierta ironía triste no exenta de compasión—; si no conociera a usted tan bien como la conozco, Catalina, diría que había usted perdido la cabeza..., usted y Duchêne, Robin y los demás; todo eso me produce el efecto de un cuento de Genoveva de Brabante, de una historia a propósito para niños y que muestra la estupidez de nuestros antepasados.
—No comprende usted esas cosa—dijo la anciana con voz reposada y seria—; pero usted ¿no ha tenido nunca ideas de esta clase?
—Entonces, ¿cree usted en lo que ha contado Yégof?
—Sí, lo creo.
—¡Cómo, Catalina, usted, una mujer de buen sentido! Si fuera la señora Rochart, no diría nada... ¡Pero usted!
Juan Claudio se levantó como indignado, desatose el mandil, alzó los hombros y volvió luego a sentarse exclamando:
—¿Sabe usted quién es ese loco? Pues se lo voy a decir. Es seguramente uno de esos maestros de escuela alemanes que se atiborran la cabeza de rancias historias del tiempo de Maricastaña y que las refieren con la mayor gravedad. A fuerza de estudiar, de desvariar, de rumiar y de buscarle tres pies al gato, sus cerebros se trastornan, ven visiones, tienen ideas extravagantes y toman sus sueños por verdades. Siempre he considerado a Yégof como uno de esos pobres diablos; sabe una infinidad de nombres y habla de la Bretaña, de Austrasia, de Polinesia, del Nideck y del Géroldseck, del Turkestein, de las orillas del Rin, en fin, de todo al azar; y eso parece que es algo y, en el fondo, no es nada. En épocas normales, usted pensaría como yo, Catalina; pero usted ahora está inquieta por no recibir noticias de Gaspar... Esos rumores de guerra, de invasión, que corren la atormentan y la preocupan... No duerme usted..., y lo que le dice un pobre loco lo toma por artículo de fe.
—No, Hullin, no es eso; usted mismo, si hubiera oído a Yégof...
—¡Vamos!—exclamó el buen hombre—. Si yo lo hubiese oído, me hubiera reído en sus barbas como hace poco... ¿Sabe usted que el loco ha venido a pedirme la mano de Luisa, para hacerla reina de Austrasia?