Catalina Lefèvre no pudo dejar de sonreír; mas, volviendo a adquirir en seguida su aire serio, añadió:

—Todos sus razonamientos, Juan Claudio, no pueden convencerme; pero, lo confieso, el silencio de Gaspar me horroriza... Conozco muy bien a mi hijo y sé que seguramente me ha escrito. ¿Por qué sus cartas no han llegado a mi poder?... La guerra marcha mal, Hullin; tenemos todo el mundo contra nosotros; por ahí fuera no quieren nuestra Revolución, usted lo sabe tan bien como yo. Mientras fuimos los dueños, mientras ganábamos victoria tras victoria, se nos ponía buena cara; pero a partir de los reveses de Rusia, esto toma mal cariz.

—¡Vamos, vamos, Catalina! Su cabeza se va del seguro...; usted lo ve todo negro.

—Sí, todo lo veo negro, y tengo razón... Lo que más me inquieta es no recibir ninguna noticia de afuera; vivimos aquí como en un país de salvajes; no sabemos nada de lo que pasa... Los austriacos y los cosacos caerán sobre nosotros un día u otro y el hecho causará la mayor sorpresa.

Hullin observaba a la anciana mujer, cuya mirada se animaba, y, a su pesar, sufría la influencia de los mismos temores.

—Oiga usted, Catalina—dijo Juan Claudio de improviso—, cuando habla usted de un modo razonable no seré yo el que la contradiga... Lo que dice usted ahora es posible... No lo creo, pero es preciso salir de dudas. Yo me proponía ir a Falsburg dentro de ocho días a comprar pieles de carnero para las guarniciones de los zuecos; pero iré mañana. En Falsburg, que es plaza fuerte y tiene administración de Correos, se deben saber noticias seguras... ¿Se convencerá usted con las que le traiga de allí?

—Sí.

—Bien; quedamos conformes... Saldré mañana bien temprano... Hay cinco leguas; hacia las seis estaré de vuelta... Y usted verá, Catalina, cómo sus tristes pensamientos no tienen fundamento.

—Así sea—respondió la labradora levantándose—, así sea... Usted me ha tranquilizado algo, Hullin... Ahora, me vuelvo a la granja y espero dormir mejor que la noche pasada... Buenas noches, Juan Claudio.

III