En tal momento, el ruido de unas voces fue elevándose a la derecha de los interlocutores.

—Son Marcos Divès y Hullin—dijo Kasper, después de prestar atención.

—Sí; seguramente vienen de poner parapetos detrás del pinar para defender los cañones—añadió Frantz.

Escucharon otra vez; los pasos se acercaban.

—Tú mismo no sabes qué hacer con esos tres prisioneros—decía Hullin con brusquedad—; pero puesto que vas a volver esta noche al Falkenstein para traer municiones, ¿por qué no te los llevas?

—¿Y dónde los meto?

—¡Pardiez! En la prisión municipal de Abreschwiller; nosotros no podemos tenerlos aquí.

—¡Bien, bien!; comprendido, Juan Claudio. Y si quieren escaparse en el camino, los atravieso con el sable por la espalda.

—¡Eso, ni que decir tiene!

Llegaron ambos a la puerta, y Hullin, al ver a Materne, no pudo reprimir un grito de entusiasmo.