—¡Eh! ¿Eres tú, amigo mío?; hace una hora que te busco. ¿Dónde demonio estabas?

—Hemos traído al pobre Rochart a la ambulancia, Juan Claudio.

—¡Ah!, ¡qué dolor!

—Sí, ¡qué dolor!

Hubo un momento de silencio; luego la satisfacción del jefe, sobreponiéndose a todo, le hizo exclamar:

—La cosa no tiene nada de alegre; pero, ¿qué quiere usted?, son consecuencias de la guerra. Y vosotros, ¿no tenéis nada?

—No, estamos los tres sanos y salvos.

—Tanto mejor, tanto mejor. Los que hayan salido con bien pueden gloriarse de tener suerte.

—Sí—exclamó Marcos Divès riendo—; yo veía llegado el momento en que Materne iba a tener que tocar llamada; sin los cañonazos de última hora, a fe mía, la cosa tomaba mal cariz.

Materne enrojeció, y dirigiendo al contrabandista una mirada torva, dijo ásperamente: