—Puede ser; pero sin los cañonazos del comienzo no hubiéramos tenido necesidad de los del fin; el pobre Rochart y otros cincuenta hombres tendrían sus brazos y piernas, lo cual nada dañaría nuestra victoria.
—¡Bah!—interrumpió Hullin, que veía iniciarse una disputa entre los dos hombres, poco conciliadores por naturaleza—; dejemos eso; todo el mundo ha cumplido con su deber, que es lo principal.
Y luego, dirigiéndose a Materne, añadió:
—Acabo de enviar un parlamentario a Framont para comunicar a los alemanes que pueden venir a retirar sus heridos. Sin duda llegarán antes de una hora; hay que avisar a las avanzadas para que les dejen acercarse, pero sin armas y con antorchas; si vienen de otro modo, hay que recibirlos a tiros.
—Voy allí en seguida—respondió el cazador.
—¡Eh, Materne! Volverás pronto a casa con tus hijos para cenar.
—Bien, Juan Claudio, iremos.
Materne se alejó.
Hullin ordenó a Frantz y a Kasper que encendieran grandes hogueras en el vivaque para la noche; a Marcos, que diera avena a los caballos, para ir sin pérdida de tiempo a traer municiones, y al ver que ambos se marchaban, Juan Claudio penetró en la alquería.