Hullin, al oír aquellas palabras salidas del corazón, palideció y no pudo responder. Sólo después de un largo silencio, y reteniendo entre sus brazos cariñosamente a su hija, pudo al fin contestar con voz balbuciente:
—No, Luisa, no; estoy bueno y soy muy feliz.
—Siéntese usted, Juan Claudio—dijo el anabaptista viéndole temblar de emoción—; aquí tiene mi silla.
Hullin se sentó, y Luisa, sentándose en sus rodillas y echándole los brazos al cuello, comenzó a llorar.
—¿Qué te pasa, hija mía?—decía el buen hombre en voz baja, mientras la besaba—. Vamos, tranquilízate. ¡Tú! ¡Tan animosa como te veía hace un momento!
—¡Oh, sí! Sacaba fuerza de flaqueza; pero tenía mucho miedo, porque pensaba: «¿Por qué no volverá?»
La joven rodeó con sus brazos el cuello de Hullin, y asaltándole de repente una idea extraña, cogió de la mano al anciano y gritó:
—Vamos, papá Juan Claudio, bailemos, bailemos.
Y le hizo dar dos o tres vueltas.
Hullin, sonriendo a su pesar, se volvió hacia el anabaptista, que permanecía serio como siempre, y le dijo: