—Estamos algo locos, Pelsly; no debe usted extrañarse de ello.
—No, Hullin, es natural. El mismo rey David, después de haber vencido a los filisteos, bailó delante del arca.
Juan Claudio, asombrado de parecerse al rey David, no respondió.
—Y dime, Luisa—añadió luego deteniéndose—, ¿no has tenido miedo durante la última batalla?
—¡Oh! En los primeros momentos, todo aquel ruido de cañonazos...; pero después no he pensado mas que en usted y en mamá Lefèvre.
Juan Claudio permaneció silencioso:
—Ya sabía yo que esta muchacha era valiente—pensaba el anciano—. No le falta nada.
Luisa entonces le cogió de la mano, le condujo frente a un batallón de ollas que se alineaban alrededor del fuego y le enseñó, con aire de triunfo, toda la cocina.
—Aquí está la vaca, aquí el asado, aquí la cena del general Juan Claudio, y aquí el caldo para los heridos. ¡Ah! ¡Bien nos hemos movido! Lesselé y Katel pueden decirlo. Y aquí está la gran hornada que hemos hecho—dijo la joven mostrando una larga hilera de panecillos dispuestos sobre la mesa—. Mamá Lefèvre y yo hemos amasado.
Hullin la oía presa del mayor asombro.