Durante todo el día llegaron muchos carruajes y schlittes[8] para trasladar a los heridos, que pedían a grandes voces ser llevados a sus aldeas. El doctor Lorquin, temeroso de aumentar la excitación que los desgraciados sufrían, se veía obligado a acceder a su petición. Cerca de las cuatro de la tarde, Catalina y Hullin se hallaron solos en la sala grande. Luisa había ido a preparar la cena. Fuera, espesos copos de nieve continuaban cayendo del cielo, depositándose en el borde de las ventanas, y a cada instante se veía partir un trineo silenciosamente con un enfermo sumergido en un lecho de paja; unas veces era una mujer y otras un hombre los que conducían al caballo de la brida. Catalina, sentada cerca de la mesa, doblaba los vendajes con aire preocupado.

—¿Qué le pasa a usted, Catalina?—preguntó Hullin—. Desde esta mañana veo a usted pensativa, a pesar de que nuestros asuntos marchan bien.

La labradora, separando lentamente la ropa que arreglaba, respondió:

—Es verdad, Juan Claudio; estoy inquieta.

—¡Inquieta! ¿Y por qué? El enemigo está en plena retirada. Hace un momento Frantz Materne, a quien había mandado que hiciera un reconocimiento, y todos los peatones de Piorette, de Jerónimo y de Labarbe han venido a decirme que los alemanes regresan a Mutzig. Materne padre y Kasper, después de enterrar a los muertos, han averiguado en Grand-Fontaine que no se ve nada anormal del lado de San Blas de la Peña. Todo lo cual prueba que nuestros dragones de España han rechazado al enemigo en la carretera de Senones y que éste teme verse envuelto por Schirmeck. Por lo tanto, no comprendo, Catalina, la razón de su inquietud.

Y como Hullin la mirase con aire interrogativo, la labradora dijo:

—Usted va a reírse de mí, pero óigame: he tenido un sueño.

—¿Un sueño?

—Sí; el mismo que tuve en «El Encinar».

Luego, Catalina animose y, con voz casi irritada, prosiguió: