—Usted dirá lo que quiera, Juan Claudio, pero un peligro nos amenaza... Sí, sí; ya sé que esto no tiene para usted ningún valor... Pero, por otra parte, no era tampoco un sueño; era como una antigua historia que se reproduce, una cosa que se vuelve a ver en sueños y que se conoce. Vea usted: estábamos, como hoy, después de una gran victoria, en alguna parte..., yo no sé dónde..., en una especie de barracón de madera, de gruesas vigas, rodeado de una empalizada. No pensábamos en nada; todas las personas que veía me eran conocidas; estaba usted, estaba también Marcos Divès, el viejo Duchêne y muchos otros ancianos ya muertos; mi padre y el abuelo Hugo Rochart, del Harberg, el tío de éste que acaba de morir, todos con anguarinas de paño pardo, las barbas abundantes y el cuello descubierto. Habíamos obtenido la misma victoria que ayer y bebíamos en grandes vasijas de barro rojo, cuando, de repente, oyose un grito de: «¡El enemigo vuelve!» Y Yégof, a caballo, con sus barbas fluviales, su corona de puntas, un hacha en la mano, brillantes los ojos como los de un lobo, se apareció ante mí, entre las sombras de la noche. Corro hacia él, empuñando una estaca; el loco me espera a pie firme... y desde aquel momento ya no veo más... Sólo siento un agudo dolor en el cuello, un sudor frío que me baña el rostro y tengo la impresión de que mi cabeza se bolea al extremo de una cuerda; era el miserable de Yégof que había atado mi cabeza a la silla de su caballo y que galopaba—dijo la labradora con tal acento de convicción, que Hullin se estremeció.

Hubo algunos instantes de silencio, y Juan Claudio, saliendo de su estupor, contestó:

—¡Es un sueño!... Yo también suelo tener sueños... Ayer se afectó usted demasiado, Catalina; aquel ruido..., aquellos gritos...

—No—respondió la anciana con gran firmeza reanudando su labor—; no es eso. Si le he de decir toda la verdad, le aseguro que durante la batalla, y hasta el momento en que el cañón tronaba contra nosotros, no he tenido miedo; de antemano estaba segura que no podíamos ser derrotados; ¡eso lo había visto yo hace mucho tiempo!...; pero ahora tengo miedo.

—Pero los alemanes han evacuado Schirmeck; la línea de los Vosgos está bien defendida y tenemos más gente de la que necesitamos, sin contar la que se nos une a cada momento.

—No importa.

Hullin se encogió de hombros y dijo:

—Vamos, vamos; usted tiene fiebre, Catalina; cálmese y procure pensar en cosas alegres. Todos esos sueños me importan poco y me río de ellos como del gran turco con su pipa y sus medias azules. Lo principal es vivir prevenidos, tener municiones, cañones y hombres; eso vale más que todos los sueños...

—¿Se ríe usted de lo que digo, Juan Claudio?

—No; pero al oír a una mujer de buen juicio y de gran valor hablar como usted lo hace, no hay más remedio que pensar en Yégof, que se jacta de haber vivido mil seiscientos años.