—¡Quién sabe—dijo la anciana con obstinación—si él se acuerda de lo que los otros han olvidado!
Hullin iba a referir a Catalina la conversación que había tenido el día anterior, en el vivaque, con el loco, pensando que éste sería el mejor medio de quitar a la anciana sus lúgubres preocupaciones; pero al verla de acuerdo con Yégof en el capítulo de los mil seiscientos años, el buen hombre no dijo nada y prosiguió su paseo silenciosamente, cabizbajo y pensativo. «Está loca—pensaba—; la más ligera agitación acabará con ella para siempre.»
Catalina, después de reflexionar un instante, iba a decir algo, cuando Luisa entró, rápida como una golondrina, gritando con dulce voz:
—¡Mamá Lefèvre, mamá Lefèvre! ¡Una carta de Gaspar!
Entonces la labradora, cuya nariz aguileña se había encorvado hasta tocar los labios, a causa de la indignación que le producía ver cómo Hullin tomaba a broma su sueño, levantó la cabeza, y los grandes surcos de sus mejillas desaparecieron.
Catalina cogió la carta, miró el lacre rojo y dijo a la joven:
—Dame un beso, Luisa; son buenas noticias.
Luisa abrazó y besó a la anciana con frenesí.
Hullin se había aproximado, muy alegre por aquel incidente, y el cartero Brainstein, con sus recios zapatos humedecidos por la nieve, las manos apoyadas en un garrote y los hombros caídos, permanecía en la puerta con aire de cansancio.
La anciana se puso las gafas, abrió la carta con cierto recogimiento, ante las miradas impacientes de Juan Claudio y Luisa, y leyó en alta voz: