Hacia las diez de la noche, Catalina Lefèvre y Luisa, después de haber dado las buenas noches a Hullin, subieron a su habitación, que estaba encima de la sala grande, para acostarse. Había allí dos amplios lechos de plumas, con colgaduras de tela a rayas azules y rojas, que se elevaban hasta el techo.

—Vamos—exclamó la labradora encaramándose a una silla—; que duermas bien, hija mía; yo no puedo más y voy a caer rendida.

Catalina se tapó con la manta, y cinco minutos después dormía profundamente.

Luisa no tardó en seguir su ejemplo.

De este modo habían transcurrido dos horas, cuando la anciana despertó sobresaltada por un tumulto espantoso.

—¡A las armas! ¡A las armas!—gritaban por todas partes—. ¡Eh! ¡Por aquí! ¡Mil centellas! ¡Que vienen!

Cinco o seis disparos se sucedieron, iluminando los cristales envueltos en la obscuridad.

—¡A las armas! ¡A las armas!

Nuevos disparos se oyeron. La gente iba de un lado a otro, corriendo.

La voz de Hullin, seca, vibrante, sobresalía dando órdenes.