A la izquierda de la alquería, bastante lejos, resonaba como un chisporroteo sordo y profundo, en los puertos del Grosmann.
—¡Luisa, Luisa!—gritó la labradora—; ¿no oyes?
—¡Sí!... ¡Oh, Dios mío, es terrible!
Catalina saltó de la cama.
—Levántate, hija mía—añadió—; vamos a vestirnos en seguida.
Los disparos aumentaban, y sus fogonazos cruzaban por los cristales como relámpagos.
—¡Cuidado!—gritó Materne.
Oíanse también los relinchos de un caballo que se hallaba fuera y las recias pisadas de una muchedumbre de gentes que andaban por el pasillo, por el patio y delante de la alquería; la casa parecía conmoverse hasta sus cimientos.
De repente, sonaron unos disparos en las ventanas de la sala baja. Las dos mujeres se vestían apresuradamente. En aquel momento, unas pisadas fuertes resonaron en la escalera; abriose la puerta, y Hullin apareció con una linterna en la mano, pálido el rostro, los cabellos desgreñados y temblándole las mejillas.
—¡Vamos, de prisa!—exclamó—; no tenemos un minuto que perder.