—¿Pero qué pasa?—preguntó Catalina.
El ruido de las descargas se acercaba.
—¡Vamos!—gritó Juan Claudio levantando los brazos—; ¿cree usted que hay tiempo de explicarlo?
La anciana comprendió que no tenía mas que obedecer, y cogiendo su manto bajó la escalera con Luisa. Al resplandor intermitente de los fogonazos, Catalina vio a Materne, con el pecho al aire, y a su hijo Kasper disparando desde el umbral del pasillo hacia las barricadas; diez hombres, situados detrás de ellos, les pasaban los fusiles cargados, de suerte que no tenían mas que encañonar y hacer fuego. Todas aquellas figuras apelotonadas, que cargaban las armas y se las alargaban unos a otros, tenían un terrible aspecto. Tres o cuatro cadáveres, tendidos junto a la pared derruida, añadían una nota lúgubre al horror del combate; el humo penetraba dentro de la casucha.
Al llegar a lo alto de la escalera, Hullin gritó:
—¡Ya están aquí, gracias a Dios!
Y todos los valientes que allí se encontraban, levantando la cabeza, gritaron:
—¡Animo, señora Lefèvre!
Entonces, la pobre mujer, dominada por tantas emociones, rompió a llorar, apoyándose en el hombro de Juan Claudio; pero éste la tomó en sus brazos como una pluma y salió corriendo a lo largo del muro, a la derecha; Luisa les seguía sollozando.
Fuera no se oía mas que el silbido de las balas, y golpes sordos en la pared; la cal se desconchaba, las tejas caían a tierra, y frente por frente, en dirección de las barricadas, a trescientos pasos, se veían los uniformes blancos, alineados, que se iluminaban con los fogonazos de sus propios disparos, en la noche obscura, y a la izquierda, al otro lado del barranco de las Minas, se divisaba a los hombres de la sierra que cogían de flanco al enemigo.