Hullin desapareció tras el ángulo de la casa de labor; allí la obscuridad era completa, y apenas se veía al doctor Lorquin, a caballo delante de un trineo, empuñando un espadón de caballería y un par de pistolas de arzón al cinto, y a Frantz Materne, al frente de una docena de hombres armados de fusiles, que temblaba de ira. Hullin colocó a Catalina en el trineo sobre un montón de paja, y Luisa se sentó a su lado.
—¡Vamos, ya están ustedes aquí!—exclamó el doctor—; gracias a Dios.
Y Frantz Materne agregó:
—Si no fuera por usted, señora Lefèvre, crea que ni uno solo abandonaría esta noche el monte; pero por usted no hay nada que decir.
—No—gritaron los demás—; nada tenemos que decir.
En aquel momento, un hombre fornido, de piernas largas como las de una garza real, y cargado de espaldas, pasó corriendo por detrás de la pared, gritando:
—¡Que vienen!... ¡Sálvese el que pueda!
Hullin palideció.
—Es el amolador del Harberg—dijo Juan Claudio, rechinando los dientes.
Frantz no dijo nada, y, llevándose la carabina al hombro, apuntó e hizo fuego.