Luisa vio al amolador, distante unos treinta pasos, que alzaba los brazos en la obscuridad y caía de bruces a tierra.
Frantz volvió a cargar el arma sonriendo de extraño modo.
Hullin dijo:
—Camaradas: aquí tenéis a nuestra madre, la que nos ha dado la pólvora y la que nos ha mantenido para que defendamos la patria; aquí tenéis también a mi hija; ¡salvadlas!
—Las salvaremos o moriremos con ellas.
—Y no olvidéis decir a Divès que permanezca en el Falkenstein hasta nueva orden.
—Esté usted tranquilo, señor Juan Claudio.
—¡Pues en marcha, doctor, en marcha!—exclamó el valiente guerrillero.
—¿Y usted, Hullin?—dijo Catalina.