—Mi sitio es éste; hay que defender la posición hasta la muerte.
—¡Papá Juan Claudio!—gritó Luisa, tendiéndole los brazos.
Pero el guerrillero doblaba ya la esquina; el doctor arreó el caballo, y el trineo se deslizó por la nieve. Detrás de él, Frantz Materne y sus hombres, con las carabinas al hombro, apresuraban el paso, mientras que el ruido de las descargas continuaba alrededor de la casa.
Esto fue todo lo que Catalina Lefèvre y Luisa vieron en el transcurso de algunos minutos. Sin duda había sucedido algo extraño y terrible aquella noche. La anciana, acordándose de su sueño, permanecía silenciosa. Luisa se secaba las lágrimas y dirigía miradas angustiosas hacia la meseta, iluminada como por un incendio. El caballo saltaba al recibir los golpes del doctor, y los hombres de la escolta seguían a duras penas el trineo. Durante largo tiempo oyéronse los tumultos y clamores del combate, las descargas y el silbido de las balas que segaban la maleza; pero todo esto fue diminuyendo cada vez más, y al llegar a la parte baja del sendero, todo desapareció como si fuese un sueño.
El trineo acababa de llegar a la otra vertiente de la montaña y volaba, como una flecha, en las tinieblas. Sólo turbaba el silencio el galope del caballo, la respiración anhelante de la escolta y, de vez en cuando, el grito del doctor: «¡Eh, Bruno! ¡Arriba, vamos!»
Ráfagas de aire frío, ascendiendo de los valles del Sarre, traían de muy lejos, como un suspiro, los rumores eternos de los torrentes y de los bosques. La Luna, filtrándose entre las nubes, alumbraba de lleno las selvas sombrías del Blanru, con sus grandes abetos cargados de nieve.
Diez minutos después llegaba el trineo a la linde de estos bosques, y el doctor Lorquin, volviéndose sobre la silla del caballo, preguntó:
—¿Qué hacemos ahora, Frantz? Este es el sendero que se dirige a las colinas de San Quirino, y este otro el que baja al Blanru. ¿Cuál tomamos?
Frantz y los hombres de la escolta se aproximaron. Como se encontraban entonces en la vertiente occidental del Donon, empezaban a distinguir, por el otro lado, en lo alto del cielo, el fuego de los alemanes que venían por el Grosmann. No se veía mas que los fogonazos, y algunos minutos después se oía la detonación retumbar en los abismos.
—El sendero de las colinas de San Quirino es el más corto—dijo Frantz—para ir al «Encinar»; por lo menos, adelantaremos tres cuartos de hora.