Y los valles se sucedían unos a otros; el trineo subía, bajaba, volvía a la derecha, después a la izquierda, y los guerrilleros, con la bayoneta calada, seguían la marcha sin detenerse.

De este modo caminaron todos hasta las tres de la madrugada, en que llegaron a la pradera de Brimbelles, sitio en el cual se ve hoy todavía una hermosa encina que avanza sobre el camino, al dar la vuelta al valle. Al otro lado, hacia la izquierda, en medio de malezas cubiertas de nieve, detrás de un muro pequeño de piedra en seco y de las empalizadas de un jardinillo, comenzaba a descubrirse la vieja casa forestal del guarda Cuny, con sus tres colmenas puestas sobre una tabla, su antigua y nudosa parra, que trepaba por un colgadizo hasta el tejado, y su rama de abeto pendiente del canalón a guisa de muestra; porque Cuny tenía también el oficio de tabernero en aquellas soledades.

En tal sitio, como el camino que corre a lo largo de la parte superior del muro de la pradera está situado cuatro o cinco pies más arriba que ésta, y como en aquel momento una densa nube velase la Luna, el doctor, temiendo volcar, detúvose bajo la encina.

—No nos falta mas que una hora de camino—dijo Lorquin—. Animo, pues, señora Lefèvre; no tenemos prisa.

—Sí—dijo Frantz—; hemos pasado lo peor y podemos dar descanso al caballo.

La escolta se reunió alrededor del trineo; el doctor echó pie a tierra. Algunos hicieron lumbre con los eslabones para encender sus pipas; pero nadie decía una palabra; todo el mundo pensaba en el Donon. ¿Qué estaría pasando allí? ¿Lograría Juan Claudio sostenerse en la meseta hasta la llegada de Piorette? Tantas cosas tristes, tantas reflexiones desconsoladoras inundaban el alma de aquellos valientes, que nadie sentía deseos de hablar.

Cinco minutos llevarían de descanso bajo la encina centenaria, cuando, en el momento que la nube se separaba lentamente de la Luna y que la pálida luz de ésta penetraba hasta el fondo del desfiladero, a unos doscientos pasos de distancia de los fugitivos, se destacó en el sendero y entre los pinares una figura negra a caballo. Aquella figura, alta y sombría, no tardó en recibir un rayo de Luna; viose entonces distintamente que era un cosaco con su gorro de piel de cordero y que llevaba la lanza bajo el brazo, con la punta hacia atrás. Se adelantaba al paso; y ya Frantz había apuntado, cuando detrás de él apareció otra lanza y otro cosaco, y después otro... En toda la extensión del monte, sobre el fondo pálido del cielo, no se veían mas que banderolas en forma de cola de golondrina y el brillo de las lanzas de los cosacos, que avanzaban en fila, directamente hacia el trineo, pero sin apresurarse, como gentes que iban en busca de algo, unos alzando la vista y otros inclinándose en la silla para mirar entre la maleza. Eran, seguramente, más de treinta.

Júzguese cuál sería la emoción de Luisa y Catalina, que se hallaban en tal momento sentadas en medio del camino. Miraban ambas mujeres con la boca abierta. Un minuto más, y se encontrarían rodeadas de aquellos bandidos. Los guerrilleros parecían estupefactos; era imposible retroceder: por un lado había que saltar un muro del prado, y por el otro, era preciso trepar por la montaña. En su turbación, la pobre labradora cogió a Luisa por un brazo y gritó con voz alterada por el peligro:

—¡Huyamos al bosque!

Y quiso saltar por encima del trineo; pero sus pies no pudieron separarse de la paja.