—Sí, era un valiente—contestó Frantz inclinando la cabeza.
Quedó todo en silencio, y el trineo siguió avanzando por el valle tortuoso durante un largo espacio de tiempo. A cada instante era preciso detenerse, pues la nieve se hacía muy profunda. Entonces tres o cuatro de aquellos serranos de la escolta descendían de lo alto del talud, tomaban al caballo de la brida y se continuaba la marcha.
De repente Catalina pareció salir de su sueño, preguntando:
—De todos modos, ¿por qué no me ha dicho Hullin?...
—Si le habla de esos ataques—interrumpió el doctor—, usted hubiera querido quedarse allí.
—¿Y quién puede impedirme hacer lo que quiera? Si ahora mismo quisiera apearme del trineo, ¿no podría hacerlo?... He perdonado a Juan Claudio, y estoy arrepentida...
—¡Oh, mamá Lefèvre!, ¿y si muere mientras usted dice eso?—murmuró Luisa.
—Tiene razón la niña—pensó Catalina; y rápidamente añadió:
—Digo que estoy arrepentida; pero es un hombre tan valiente, que no se le puede tener rencor por lo que ha hecho. Le perdono de todo corazón; en su lugar, hubiera hecho lo mismo.
A doscientos o trescientos pasos de allí, los fugitivos penetraron en el desfiladero de las Rocas. La nieve había cesado de caer y la Luna brillaba entre dos grandes nubes, una blanca y otra negra. La estrecha garganta, bordeada de ingentes rocas cortadas a pico, se extendía bastante lejos, y sobre ambos lados los abetos gigantes se elevaban hasta perderse de vista. Nada turbaba en aquel lugar la calma de los grandes bosques; dijérase que se hallaban muy lejos todas las agitaciones humanas. El silencio era tan profundo, que se oían los pasos del caballo en la nieve, y, de vez en cuando, su entrecortada respiración. Frantz Materne se detenía algunas veces, dirigía una mirada hacia las laderas obscuras y luego apresuraba el paso para alcanzar a los demás.