—Sí, Catalina. ¿Quién hubiera nunca pensado que los alemanes entrarían por allí? ¡Un desfiladero casi impracticable para los peatones, encajado entre rocas cortadas a pico, en el que hasta los pastores a duras penas pueden bajar con sus rebaños de cabras! Pues bien; han pasado por allí dos a dos, han rodeado la Peña Hueca, han destrozado a Labarbe y han caído sobre Jerónimo, que se ha defendido como un león hasta las nueve de la noche; pero, al fin, se vio obligado a refugiarse en el monte y dejar el paso libre a los kaiserlicks. Eso ha sido, en resumen, lo que ha pasado. Es espantoso. Debe haber alguna persona del país, bastante cobarde y bastante miserable, para guiar al enemigo a nuestras espaldas y para entregarnos a él atados de pies y manos. ¡Oh, el bandido!—exclamó Lorquin con voz colérica—; yo no soy malo, pero si el tal se pone a mi alcance, he de dejarle seco... ¡Arre, Bruno, arre!

Los guerrilleros seguían marchando por los lados del camino sin decir nada, como si fuesen sombras.

El trineo volvió a correr al galope del caballo; poco después moderó la marcha; el animal respiraba agitadamente.

La labradora permanecía silenciosa, tratando de ordenar aquellas nuevas ideas en su cabeza.

—Empiezo a comprender—dijo Catalina al cabo de algunos segundos—; esta noche hemos sido atacados de frente y de costado.

—Exactamente, Catalina; por fortuna, diez minutos antes del ataque, un hombre de Marcos Divès, el contrabandista Zimmer, que ha sido dragón, llegó a todo correr para prevenirnos. Sin este aviso, estábamos perdidos. El muy valiente cayó en nuestras avanzadas, después de haber atravesado un destacamento de cosacos en la meseta del Grosmann; el pobre hombre había recibido un sablazo terrible, y sus entrañas colgaban de la silla del caballo. ¿No es así, Frantz?

—Sí—respondió el cazador con voz sorda.

—¿Y qué dijo?—preguntó la anciana.

—No tuvo tiempo mas que para gritar: «¡A las armas!... ¡Estamos cercados!... Me envía Jerónimo...; Labarbe ha muerto... Los alemanes han pasado el Blutfeld.»

—¡Era un valiente!—murmuró Catalina.