Toda aquella visión desapareció como un sueño.
Entonces Luisa se volvió. Catalina estaba de pie a su lado, no menos estupefacta y no menos atenta que ella. Ambas mujeres se miraron un instante y luego se confundieron en un estrecho abrazo, con un sentimiento de bienestar indefinible.
—¡Nos hemos salvado!—murmuró Catalina.
Y las dos comenzaron a llorar.
—Te has portado admirablemente—decía la anciana—; es magnífico, es valiente lo que has hecho. Juan Claudio, Gaspar y yo podemos estar orgullosos de ti.
Luisa se hallaba agitada por una emoción tan profunda, que temblaba de pies a cabeza. Pasado el peligro, volvía a recobrar su carácter dulce, y ella misma no podía comprender el valor de que había dado pruebas pocos minutos antes.
Después de un breve silencio, encontrándose más tranquila, se disponían las dos mujeres a volver al camino, cuando vieron a cinco guerrilleros y al doctor que iban en su busca.
—¡Bien, Luisa! ¡Ya puede usted llorar cuanto quiera!—dijo Lorquin—; pero usted es un dragón, un verdadero demonio. Y ahora se hace la chiquita; pero todos hemos visto lo que ha hecho. Y a propósito, ¿dónde están mis pistolas?
En aquel momento se separaron las ramas y apareció Marcos Divès, con el espadón colgando de su mano, gritando:
—¡Bah, señora Catalina! ¡Estas sí que son emociones! ¡Con mil demonios! ¡Y qué suerte la de haber estado yo aquí! Porque esos miserables iban a desvalijarles de pies a cabeza.