—Sí—dijo la anciana mientras metía sus cabellos grises dentro de la cofia—; ha sido una gran fortuna.

—¡Sí; ha habido suerte, ya lo creo! No hace todavía diez minutos que llegué con el furgón a casa del tío Cuny. «No vayas al Donon—me dijo—, pues hace una hora que se ve el cielo rojo por ese lado... Seguramente allí arriba se están pegando de firme.» «¿Usted cree?»—contesté—. «A fe mía, sí.» «Entonces voy a mandar a Joson de explorador, para saber algo, y mientras tanto beberemos unas copas.» Pues bien, apenas había salido Joson, oigo unos gritos de dos mil demonios: «¿Qué es eso, Cuny?» «No sé»—me respondió—. Empujamos la puerta y vemos lo que pasaba: «¡Eh!—exclamó el contrabandista—; somos nosotros los que tenemos el fuego en casa.» Salto sobre mi Fox, y en marcha. ¡Qué suerte!

—¡Ah!—dijo Catalina—; si estuviéramos seguros de que nuestros asuntos del Donon fueran tan bien como aquí, podíamos estar satisfechos.

—Sí, sí; ya me ha contado Frantz; es el destino; siempre tiene que haber algo que salga mal—respondió Marcos—. En fin..., en fin... Todavía permanecemos allí, con los pies hundidos en la nieve; esperemos que Piorette no dejará que aplasten a sus camaradas, y vamos a vaciar las copas, que aun están medio llenas.

Cuatro contrabandistas llegaron en tal momento diciendo que el miserable Yégof podía fácilmente volver con otra cuadrilla de bandidos de su jaez.

—Es verdad—contestó Divès—. Vamos a regresar al Falkenstein, puesto que así lo ha ordenado Juan Claudio; pero no podemos llevarnos el furgón, pues nos impediría ir por el atajo, y dentro de una hora esos bandidos caerían sobre nuestras espaldas. Entremos un poco en casa de Cuny; a Catalina y a Luisa no sentará mal tomar un trago, ni a los otros tampoco; así cobrarán ánimo. ¡Arre, Bruno!

Marcos cogió al caballo de la brida... Se acababa de colocar en el trineo a dos hombres heridos. Otros dos habían perecido en el encuentro, junto a seis u ocho cosacos que quedaban tendidos en la nieve, con las piernas abiertas; todo fue abandonado, y los supervivientes se dirigieron a la casa del guardabosque. Frantz se consolaba, al fin, de no encontrarse en el Donon. Había despanzurrado a dos cosacos, y la vista de la casa le puso de bastante buen humor. Delante de la puerta se hallaba el furgón de las municiones. Cuny salió exclamando:

—¡Sea bien venida la señora Lefèvre! ¡Qué noche para las mujeres! Siéntense las señoras. ¿Qué pasa en el Donon?

Mientras que se vaciaba la botella apresuradamente, fue preciso explicar lo sucedido otra vez. El buen anciano, vestido de una sencilla casaca y de un calzón verde, con la cara llena de arrugas y la cabeza calva, escuchaba con los ojos fijos, uniendo las manos y gritando:

—¡Dios mío, Dios mío! ¡En qué tiempos vivimos! No se puede andar por las carreteras sin correr el peligro de ser atacado. ¡Esto es peor que las antiguas historias de los suecos!