Y el anciano movía la cabeza.
—Vamos—gritó Divès—; el tiempo vuela. ¡En marcha! ¡En marcha!
Todos salieron. Los contrabandistas condujeron el furgón, que contenía varios millares de cartuchos y dos barriles de aguardiente, a trescientos pasos de allí, en medio del valle, y desengancharon los caballos.
—Vosotros, seguid marchando—gritó Marcos al resto de la caravana—; dentro de pocos minutos os alcanzaremos.
—Pero ¿qué vas a hacer con este furgón?—preguntó Frantz—. Puesto que no tenemos tiempo de llevarlo al Falkenstein, mejor sería dejarlo en el cobertizo de Cuny que abandonarlo en medio del camino.
—Sí, para que ahorquen al pobre viejo cuando vuelvan los cosacos, que estarán aquí antes de una hora. No tengas cuidado; se me ha ocurrido una idea.
Frantz se unió al trineo que se alejaba. No tardaron los fugitivos en dejar atrás la fábrica de aserrar del marqués; después torcieron a la derecha, para llegar a la casa de «El Encinar», cuya elevada chimenea se descubría sobre la meseta, a tres cuartos de legua. Marcos Divès y su gente llegaron gritando:
—¡Alto! ¡Pararse un poco! ¡Mirad allá abajo!
Todos volvieron la vista hacia el fondo del desfiladero, y vieron a los cosacos caracolear alrededor del carro de municiones, en número que no bajaría de doscientos o trescientos.
—¡Que llegan! ¡Salvémonos!—exclamó Luisa.