Media hora después, todos llegaron a la meseta de «El Encinar».

XXI

Jerónimo de San Quirino se había retirado hacia la granja, y desde media noche ocupaba la meseta.

—¿Quién vive?—gritaron los centinelas al aproximarse la escolta del trineo.

—Somos nosotros, los de la aldea de Charmes, respondió Marcos Divès con voz tonante.

Los de Jerónimo se adelantaron para reconocer a los que llegaban y los dejaron pasar.

En la granja reinaba un silencio profundo; un centinela, arma al brazo, se paseaba delante de las trojes, en las que dormían sobre montones de paja unos treinta hombres. Catalina, al ver las sombrías techumbres, los viejos cobertizos, los establos, toda aquella antigua morada donde había pasado su juventud, donde se había deslizado la apacible y laboriosa existencia de su padre y de su abuelo y que ella iba a abandonar quizá para siempre, experimentó una angustia terrible; pero nada dijo, y saltando del trineo, como en otras ocasiones cuando volvía del mercado, exclamó:

—Vamos, Luisa; por fin nos vemos otra vez en nuestra casa, gracias a Dios.

Mientras tanto, Duchêne había abierto la puerta, gritando:

—¿Es usted, señora Lefèvre?