—Sí, somos nosotros. ¿No hay noticias de Juan Claudio?
—No, señora.
Todos entraron en la cocina.
Algunos rescoldos brillaban aún en el hogar, y bajo la inmensa campana de la chimenea estaba sentado en la sombra Jerónimo de San Quirino, envuelto en un gran capote de estameña, con su barba rojiza terminada en punta, un grueso garrote entre las rodillas y la carabina apoyada en la pared.
—¡Buenos días, Jerónimo!—dijo la anciana.
—Buenos días, Catalina—contestó grave y solemnemente el jefe del puerto de Grosmann—. ¿Viene usted del Donon?
—Sí... Aquello va mal, amigo Jerónimo. Los kaiserlicks atacaban la granja cuando abandonamos la meseta. No se veían mas que uniformes blancos por todas partes, y ya comenzaban a franquear las defensas.
—Entonces ¿cree usted que Hullin se verá obligado a abandonar el camino?
—Si Piorette no acude en su socorro, es posible.
Los guerrilleros se habían aproximado al fuego.