Marcos Divès se inclinó hacia los rescoldos para encender la pipa, y al levantarse dijo:

—Yo, Jerónimo, no te pregunto mas que una cosa; sé de antemano que la gente se ha batido bien donde tú mandabas...

—Hemos cumplido con nuestro deber—respondió el zapatero—, y los sesenta hombres que se han quedado tendidos en la falda del Grosmann pueden atestiguarlo en último término.

—Sí; pero ¿quién ha guiado a los alemanes? Ellos no han podido encontrar por sí mismos el paso del Blutfeld.

—Ha sido Yégof, el loco Yégof—dijo Jerónimo, cuyos ojos grises, rodeados de profundas arrugas y cubiertos de espesas cejas blancas, parecieron fulgurar en las tinieblas.

—¡Ah! ¿Estás seguro?...

—La gente de Labarbe le ha visto subir cuando conducía a los otros.

Los guerrilleros se miraron con indignación.

En aquel momento el doctor Lorquin, que se había quedado fuera para desenganchar el caballo, abrió la puerta exclamando:

—¡La batalla se ha perdido! Aquí vienen las gentes del Donon; acabo de oír la cuerna de Lagarmitte.