Fácil es imaginar cuál sería la emoción de los presentes al escuchar tales palabras. Cada cual pensó en los parientes, en los amigos que no volverían a ver; y todos, los de la cocina y los de las trojes, se precipitaron en tropel hacia la meseta. En el mismo instante, Robin y Dubourg, que estaban de centinela en lo alto de «El Encinar», gritaron:

—¿Quién vive?

—¡Francia!—contestó una voz.

A pesar de la distancia, Luisa, creyendo reconocer la voz de su padre, fue presa de tal emoción, que Catalina tuvo que sostenerla.

Casi simultáneamente numerosos pasos resonaron en la nieve endurecida, y Luisa, no pudiendo contenerse, gritó con voz desgarradora:

—¡Papá Juan Claudio!...

—Ya voy, ya voy—contestó Hullin.

—¿Y mi padre?—preguntó Frantz Materne corriendo hacia Juan Claudio.

—Viene con nosotros, Frantz.

—¿Y Kasper?