—Ha recibido una pequeña herida, pero no es nada; ahora verás a los dos.
En el mismo instante, Catalina se arrojó en brazos de Hullin.
—¡Oh, Juan Claudio! ¡Qué alegría tan grande al volver a verle!
—Sí—murmuró el anciano lúgubremente—; hay muchos que no volverán a ver a los suyos.
—¡Frantz!—se oyó gritar al viejo Materne—. ¡Eh, por aquí!
Y por todas partes se veían en la sombra personas que se buscaban unas a otras, que se daban la mano, que se abrazaban. Otros gritaban al mismo tiempo: «¡Niclau! ¡Sapheri!», pero no obtenían respuesta.
Aquellas voces se repetían hasta volverse roncas, balbucientes, y, por último, cesaban. La alegría de los unos y la consternación de los otros producían un efecto desconcertante. Luisa se hallaba en brazos de Hullin y lloraba amargamente.
—¡Ah, Juan Claudio!—decía la señora Lefèvre—; ya sabrá usted lo que ha hecho esta niña. Por ahora, no le digo nada; pero hemos sido atacados.
—Sí, ya hablaremos de eso después... El tiempo vuela—dijo Hullin—; el camino del Donon se ha perdido, y los cosacos pueden estar aquí al amanecer; tenemos muchas cosas que hacer.
Juan Claudio volvió la esquina y entró en la casa; todos los demás le siguieron. Duchêne acababa de echar al fuego un haz de leña. Aquellos rostros ennegrecidos por la pólvora, animados aún por el ardor del combate, aquellos hombres, con los vestidos desgarrados por los bayonetazos, algunos de los cuales sangraban al salir de las tinieblas a la viva luz, ofrecían el más extraño espectáculo. Kasper, con la frente vendada con un pañuelo, había recibido un sablazo; su bayoneta, su correaje y sus altas polainas azules estaban manchados de sangre. El anciano Materne, gracias a su imperturbable presencia de espíritu, volvía sano y salvo de la contienda. De este modo, los restos de las fuerzas de Jerónimo y Hullin se hallaron unidos. Todos tenían el mismo salvaje aspecto y estaban animados por la misma energía e idéntico espíritu de venganza. Los de Hullin, rendidos de cansancio, se sentaron a derecha e izquierda en haces de leña, en las piedras de los desagües y en las losas del hogar, con la cabeza entre las manos y los codos en las rodillas. Los demás miraban a todas partes, y no pudiendo convencerse de la desaparición de Hans, de Joson, de Daniel, cambiaban entre sí preguntas seguidas de largos silencios. Los dos hijos de Materne se habían agarrado del brazo, como si tuvieran miedo de perderse, y su padre, detrás de ellos, apoyado en la pared y el codo en el cañón de la carabina, les miraba con satisfacción. «Están aquí, los estoy viendo—parecía decirse el anciano—; son fuertes los muchachos; los dos han logrado salvar el pellejo.» Y el valiente guerrillero tosía en el hueco de la mano. Algunos iban a preguntarle por Pedro, por Jacobo, por Nicolás, por su hijo o por su hermano; y el anciano respondía maquinalmente: «Sí, sí, han quedado muchos tendidos allá... ¡Qué le vamos a hacer! Es la guerra. Nicolás ha cumplido con su deber...; es preciso tener paciencia. Pero él pensaba para sus adentros: «¡Los míos se han escapado de la quema, y eso es lo principal!»