Catalina se ocupó de poner la mesa con Luisa. Duchêne subió de la bodega un barril de vino, llevándolo sobre el hombro; lo colocó en el aparador, hizo saltar el tapón, y cada guerrillero fue presentando su vaso, su cacharro o su cantimplora ante el chorro de color púrpura, que brillaba a los reflejos del hogar.
—¡Comed y bebed!—les decía la labradora—; esto no se ha acabado aún, y tendréis necesidad de que no os falten las fuerzas. ¡Eh, Frantz! ¡Descuelga ese jamón! Aquí están el pan y los cuchillos. Sentaos, hijos míos.
Frantz, con la bayoneta, espetaba los jamones en la chimenea.
Y, acercando los bancos al fuego, los guerrilleros se sentaron; a pesar de los contratiempos sufridos, todos comieron con ese fuerte apetito que ni los dolores presentes ni las preocupaciones por el porvenir pueden hacer perder a los hombres de la sierra. Sin embargo, una tristeza profunda anudaba la garganta de aquellos valientes, y ora uno, ora otro, se detenían de improviso en su yantar, dejaban caer el tenedor y abandonaban la mesa diciendo: «Ya he comido bastante.»
Mientras los guerrilleros reparaban así sus fuerzas, los jefes estaban reunidos en la sala inmediata para acordar las últimas disposiciones concernientes a la defensa. Estaban sentados alrededor de una mesa, alumbrada por una lámpara de metal, el doctor Lorquin, a cuyo lado olfateaba su enorme perro Plutón; Jerónimo, en el ángulo de una ventana, a la derecha; Hullin, intensamente pálido, a la izquierda; Marcos Divès, con el codo apoyado en la mesa y la mano en la mejilla, se hallaba de espaldas a la puerta, destacándose sólo su obscura silueta y una de las puntas de su bigote. Unicamente Materne permanecía de pie, según su costumbre, apoyado en la pared, detrás de la silla de Lorquin, con el cañón de la carabina en las manos y descansando la culata en el suelo. De la cocina llegaba el ruido de las conversaciones.
Cuando Catalina, llamada por Juan Claudio, entró en la sala oyó una especie de lamento que la estremeció; era Hullin que hablaba.
—Todos esos valientes, todos esos padres de familia que caen unos después de otros—decía Juan Claudio con voz desgarradora—, ¿creéis que no pesan sobre mi corazón? ¿No creéis que hubiera mil veces preferido que me aniquilasen a mí? ¡Ah! ¡No sabéis lo que he sufrido esta noche! Perder la vida no es nada. ¡Pero llevar yo solo una responsabilidad tan inmensa...!
Hullin guardó silencio unos instantes; el temblor de sus labios, una lágrima que rodaba lentamente por su mejilla, toda su actitud revelaba los escrúpulos que sentía aquel hombre honrado frente a una de esas situaciones en que la conciencia pierde la fe en sí misma y busca nuevos apoyos. Catalina se sentó, sin hacer ruido, en el sillón situado a la izquierda de Hullin, el cual, pasados breves instantes, continuó con mayor reposo:
—Entre once y doce de la noche, Zimmer llegó diciendo: «¡Estamos rodeados! ¡Los alemanes bajan del Grosmann! Labarbe ha muerto. Jerónimo no puede resistir.» Y no dijo más. ¿Qué hacer en aquella situación?... ¿Podía abandonar una posición que nos había costado tanta sangre, el camino del Donon y la carretera de París? Si llego a hacerlo, ¿no hubiera sido un miserable? Pero yo no tenía mas que trescientos hombres contra los cuatro mil de Grand-Fontaine y no sé cuántos que bajaban de la montaña. Pues bien; costase lo que costase, decidí resistir; era nuestro deber, y me dije: «¡La vida no vale nada sin honor!... ¡Muramos todos, si es preciso; pero no se dirá nunca que hemos entregado el camino de Francia! ¡No, no; nunca se dirá eso!»
En aquel momento la voz de Hullin volvió a temblar; sus ojos se llenaron de lágrimas, y continuó: