—Resistimos hasta las dos; yo veía a los valientes muchachos caer al grito de «¡Viva Francia!» Al principio de la acción había mandado un aviso a Piorette, que llegó a paso de carga con cincuenta hombres escogidos. ¡Era ya tarde! El enemigo nos rodeaba por la derecha y por la izquierda, ocupaba las tres cuartas partes de la meseta y nos había hecho retroceder hasta los pinares, del lado del Blanru; su fuego diezmaba nuestras filas. Lo único que pude hacer fue reunir aquellos heridos que aun podían moverse, y ordenar a Piorette que los escoltase; a ellos se unieron unos cien hombres míos. Por mi parte, me quedé sólo con cincuenta para ocupar el Falkenstein. Hemos pasado por delante de las narices de los alemanes, que querían cortarnos la retirada. Afortunadamente, la noche estaba obscura; de lo contrario, no se hubiera salvado uno solo de nosotros. Esta es la situación en que nos hallamos; ¡todo se ha perdido! El Falkenstein es lo único que nos queda, y sólo somos trescientos hombres. Ahora se trata de saber si estamos decididos a llegar hasta el fin. En cuanto a mí, ya os lo he dicho: me pesa cargar con una responsabilidad tan grande. Mientras no trataba mas que de defender el camino del Donon, no había la menor duda: todos nos debemos a la patria; pero el camino se ha perdido, y necesitaríamos diez mil hombres para reconquistarlo. En este momento el enemigo está penetrando en Lorena... Veamos lo que debemos hacer.
—Es preciso ir hasta el fin—dijo Jerónimo.
—Sí, sí—gritaron los demás.
—¿Cree usted lo mismo, Catalina?
—Exactamente—respondió la anciana, cuyas facciones revelaban una tenacidad inflexible.
Entonces Hullin, con voz más firme, expuso su plan.
—El Falkenstein es nuestro punto de retirada; es además nuestro arsenal, y allí tenemos las municiones; el enemigo lo sabe, e intentará un golpe de mano por aquel lado. Es preciso, pues, que todos los presentes acudamos a defender la posición; es preciso que todo el país nos vea y diga: «Catalina Lefèvre, Jerónimo, Materne con sus dos hijos, Hullin, el doctor Lorquin, allí están y no quieren rendir las armas.» Este ejemplo reanimaría el espíritu de los hombres de corazón. Además, Piorette resistirá en el bosque, y su fuerza irá aumentando día por día. El país se verá cubierto de cosacos y bandidos de todas clases. Cuando el ejército enemigo entre en Lorena, haré una señal a Piorette; éste se interpondrá desde el Donon al camino, y cuantos rezagados se hallen esparcidos por la montaña quedarán como cogidos en una red. De este modo, aprovecharemos las ocasiones favorables para apoderarnos de los convoyes de los alemanes y para hostilizar sus reservas; y si la fortuna ayuda, como es de esperar, a nuestros ejércitos y estos kaiserlicks son derrotados en Lorena, les cortaremos la retirada.
Todos se levantaron, y Hullin, entrando en la cocina, dirigió a los guerrilleros esta sencilla alocución:
—Amigos míos, acabamos de decidir que se lleve la resistencia hasta lo último. Sin embargo, cada cual es libre de hacer lo que quiera y puede deponer las armas y volver a su aldea; pero los que quieran vengarse ¡que se unan a nosotros!: con nosotros partirán el último pedazo de pan y agotarán el último cartucho.
El anciano almadiero Colon se levantó, y dijo: