—Hullin, todos estamos contigo; hemos comenzado juntos a batirnos y juntos terminaremos.
—¡Sí, sí!—exclamaron los demás.
—¿Estáis decididos? Pues bien; escuchadme un momento; el hermano de Jerónimo va a tomar el mando.
—Mi hermano ha muerto—interrumpió Jerónimo—; es uno de los que se han quedado en la ladera del Grosmann.
Hubo un instante de silencio; después, con voz fuerte, Hullin prosiguió:
—Colon: vas a tomar el mando de los que queden, a excepción de los que forman la escolta de Catalina Lefèvre, que se quedarán conmigo. Irás a reunirte con Piorette, en el valle del Blanru, pasando por Dos Ríos.
—¿Y las municiones?—preguntó Marcos Divès.
—Yo he traído mi furgón—dijo Jerónimo—; Colon puede utilizarlo.
—Que se enganche también el trineo—exclamó Catalina—. Los cosacos no han de tardar y lo saquearán todo. Nuestra gente no debe marchar con las manos vacías; que se lleven los bueyes, las vacas, las cabras; que se lo lleven todo; así no caerá en poder del enemigo.
Cinco minutos después la casa estaba entregada al saqueo; el trineo se cargó de jamones, de carnes saladas y de pan; fue sacado el ganado de los establos y los caballos se engancharon al coche grande. El convoy no tardó en ponerse en marcha, con Robin a la cabeza, tocando la trompa, y detrás los guerrilleros, que empujaban las ruedas. Y cuando hubo desaparecido en el bosque, y el silencio sucedió, de repente, a aquel discorde ruido, Catalina se volvió y vio a Hullin detrás de ella, pálido como un muerto.